Cuentan los más antiguos que, hace mucho tiempo, cuando las fiestas de Menorca empezaban a tomar forma y los caballos recorrían por primera vez las plazas de los pueblos, alguien tuvo la idea de colocar una pequeña estrella en la frente de uno de ellos.
Dicen que aquella noche la plaza estaba llena de gente y de música, y que cuando el caballo entró, la estrella que llevaba en la cabezada brilló con la luz de las antorchas. El animal se alzó sobre sus patas traseras y, por un instante, todos tuvieron la sensación de que una estrella del cielo había bajado para bailar con la fiesta.
Desde entonces, según cuenta la tradición popular, muchos jinetes comenzaron a adornar a sus caballos con un estel. No solo era un adorno bonito, sino también un símbolo de alegría y de buena fortuna. Algunos incluso creían que su brillo ayudaba a alejar las malas miradas y protegía al caballo y a su jinete durante la celebración.
Con el paso del tiempo, el estel se convirtió en uno de los detalles más reconocibles de los caballos de fiesta menorquines. Cuando el caballo entra en la plaza y la música empieza a sonar, la pequeña estrella en su frente vuelve a brillar, recordando aquella vieja historia que dice que, en cada fiesta, una estrella baja del cielo para acompañar el baile del caballo.
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